AL ILUSTRÍSIMO SEÑOR DON FERNANDO DE ARTACHO Y LLORENS.

 

La tarde que te llevé la Sagrada Comunión como alimento de vida, me regalaste el momento más verdadero de nuestros años de amistad porque los ojos de tu grandeza señorial, tu semblante impregnado de amor divino y la fuerza de tu mirada me hicieron ver lo profundo y santo de tu señorío.

Mientras auxiliaba en el altar a Don Manuel Luque, ya lo has visto de nuevo en la tierra prometida, en tu misa de cuerpo presente ya sabía que habías sido glorificado por el que todo lo puede, estaba seguro de tu nuevo encuentro con la Majestad de Dios

El señorío en tu caso ante todo se componía de un sentido preclaro en la trascendencia de tu catolicismo vivo, puro, vibrante, cristalino, completo, hasta avasallador en su consumada perfección por abrazar como principal modo de vida la Mirada del Redentor a la que te llevaron tus mayores y que tú abrazaste con el fuego de tu ferviente corazón. Devoto de la Patrona Nuestra Señora de los Reyes, de San Fernando, de tus hermandades del Valle, Silencio, de la Vera Cruz y de la Resurrección, y del milagro de la Semana Santa, milagro que vivimos tantos años en tu casa en la unión sincera y sana de los amigos que tanto cuidaste en tu conseguido don de ser el mejor anfitrión. Me hablaste mucho de tu fe, del enunciado salvífico, del fervor mariano, de la esperanza que tenías por encontrarte con tu padre con el que tenías conversaciones pendientes, encontrarte con él en ese lugar donde la vida no termina, sino que se transforma para ser colmada de dicha, bienaventuranza y alegría.

El señorío de tu matrimonio ejemplar, el irreductible amor a tu esposa que también fue crucificada en la enfermedad que purifica en el dolor y alivia el sufrimiento en la Resurrección del gozo, un matrimonio ejemplar elegante en sus maneras y edificante en el alborozo de la unión fructífera. Tu señorío en la entrega absoluta por el bienestar de tus hijos, hombres y mujeres nobles, tan rutilantes por sus prestigios, en la viveza de la sociedad sevillana. Tanto cuidaste de tus hijos que son luces de tu nobleza, de tu gallardía, de tu entereza.

El señorío de tu trabajo para el bien de Sevilla, un trabajo constante y sin límites con tu afición desorbitada por los espectáculos escénicos, cuidando, queriendo, moldeando, luciendo el patrimonio heredado de tus mayores para el disfrute de todos, esa labor tan bien cumplida del todo y para todos, haciendo ver los derechos adquiridos y los cumplimientos razonados de los deberes del oficio.

El señorío de tu nobleza de sangre que te distinguía por las acciones espléndidas de tus ancestros en la historia de España y que tú revalidaste con la puntuación de cum laude en tu servicio personal. Era y eres, porque vives, caballero del Real Estamento Militar del Principado de Gerona, caballero Iure Sanguinis de la S.M.O. Constantiniana de San Jorge, caballero de la Junta de Nobles Linajes de Segovia, caballero del capítulo Noble de la Merced, caballero Infanzón de Illescas, caballero de la Maestranza de Castilla, caballero de la Orden de San Mauricio y San Lázaro, caballero de la Orden de San Miguel del Ala, miembro de la Real Asociación de Hidalgo a Fuero de España y Hermano Mayor de Honor de la Real, Noble y Piadosa Hermandad de los Caballeros de San Fernando, la que me dijiste que era la que más sentías y amabas. Los caballeros de San Fernando presentes ya en la beatificación del Santo en 1671 y que en la vieja Híspalis durante todo el siglo XX, actualmente con el vigor entusiasmado de tu hijo Fernando, son enunciados solemnes de la mejor manera de entender la religiosidad sevillana y la religiosidad católica por universal. Esa hermandad que siempre divulgará la gloria de la Reina de Reyes, de San Fernando y de la que eres Hermano Mayor de Honor por tu ejemplo ideal de caballerosidad.

El señorío que me deslumbraba cada vez que me hablabas de tu familia y de la mía, de la amistad de tu padre con mi abuelo y la tuya con mi padre. Eras tan generoso siempre para contar la vida de la cuidad venerada y escasamente comprendida, desde la década de los años cuarenta hasta hoy, la narrabas en toda su amplitud tanto oficial como heterodoxa. Tu conversación enseñaba a ser hombre, me plasmabas un sugerente camino a seguir en el rumbo de mi existir y por eso me ofrendaste, para seguir la tradición familiar, la amistad para mi tan provechosa por cálida y sincera con tu hijo primogénito a quien tanto he de agradecer.

El señorío que manifiestas desde el cielo, creo en la justicia de Dios por lo que tengo seguridad plena que te ha gratificado por todo lo que le diste y por todo lo que nos diste. En ese cielo donde tendrás un rincón para guardar todas tus preciadas colecciones, recuerdo esa sonrisa de cariñoso agradecimiento cuando recibiste aquella palma en aquel Domingo de Ramos tan cercano y tan lejano para engalanar el balcón de tu señorial casa donde se respiraba tu ser y tu estar y tu distinción y tu amabilidad y tu generosidad y tu sapiencia. En ese cielo rogarás por el bien de los que te quisimos, que fuimos muchos, ante la Celestial Patrona en un 15 de agosto con aroma de nardos florecidos por y para toda la eternidad. No dudo en llamarte santo porque sé que estás gozando del Supremo Dador de Vida, no necesito sanciones eclesiásticas ni oficiales para rezarte cuando el aturdimiento me embarga porque te veo guía que orienta para el bien.

He dedicado muchas horas a lo largo del camino a estudiar a San Fernando y entre papeles antiguos y libros nuevos siempre me acordaba de ti, te veía como la espada lacerante del Conquistador luchando contra el mal o como su guion enarbolado como tu auténtica nobleza.

Aquella tarde que comulgaste con tanta unción sacramental, la primera y única vez que le he llevado la Eucaristía a un enfermo, siempre la tendré en el recuerdo latiente en los ribetes del ser, porque vi en tu alma el mejor, el más selecto, el más señorial mensaje de fe, la más genuina, cálida y sentida esperanza y la más selecta, distinguida y señorial dación de amor.

Un abrazo al cielo, a tu cielo amigo Fernando.

José Gámez y Martín.

(D. Fernando de Artacho y Llorens, anterior Hermano Mayor, falleció el 18 de enero de 2020).