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En una solemne ceremonia cebrada el 17 de junio de 2017 en Sevilla, se recibieron los nuevos caballeros y damas de la Real, Noble y Piadosa Hermandad de Caballeros de San Fernando. El acto se tuvo lugar en la Iglesia de San Alberto Magno, (Los Filipenses), calle Estrella nº. 2, el sábado 17 de junio a las 20,15 horas. Posteriormente tuvo lugar una cena de gala en el Restaurante Pando de la capital hispalense.

Los caballeros y damas recibidos fueron:

– S.A.  Princesa de Hohenlohe, Excma. Sra. Dña. Flavia de Hohenlohe-Langenburg y Medina,, apadrinada por el Exmo. Sr. D. Fernando de Artacho y Pérez-Blázquez, hermano mayor.

– Ilmo. Sr. Teniente Coronel D. Francisco de la Vega y González, representado por el Sr. D. Javier de la Vega y Blanco, apadrinado por el Exmo. Sr. D. Fernando de Artacho y Pérez-Blázquez.

– Ilma. Sra. Dña. María del Pilar Díaz de Valera y de Arbizu, representada por la Ilma. Sra. Dña. Mercédez Suárez y Rodríguez-Caso, amadrinada por la Excma. Sra. Dña. María Teresa Pérez de Salamanca y Martínez de Tejada.

– Sr. D. José Palacios y Pérez, apadrinado por el Sr. D. Manuel Espinosa y Noguera.

– Sr. D. José Manuel Azuaga Polo, apadrinado por el Ilmo. Sr. D. Luis de la Vega y Blanco.

-Sr. D. Jesús de los Santos y Romero, apadrinado por el Exmo. Sr. D. Fernando de Artacho y Pérez-Blázquez.

Fotografías del Solemne Cruzamiento

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Parroquia de los Filipenses

 

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Ceremonia de cruzamiento

 

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Ceremonia de cruzamiento

 

 

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Damas de San Fernando

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Estandarte de la Hermandad

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Foto de familia de los Caballeros y Damas de San Fernando

El Museo Histórico Militar de Sevilla alberga una «Jornada de Historia Militar sobre la Conquista de Sevilla por el Rey Fernando III, el Santo. Organizada  por la Asociación Rodrigo de Bastidas, en colaboración con el Museo Histórico Militar de Sevilla tendrá lugar el jueves 23 de noviembre de 2017. El encuentro consistirá en tres conferencias (20-30 minutos de duración cada una), y que versaran sobre los siguientes temas:

  1.  Tropas, tácticas y armamento de cristianos y musulmanes Conferenciante: D. Juan Manuel Durán Díaz, graduado en historia con especialización en Historia Medieval.
  2. La figura de Ramón Bonifaz, almirante castellano. Conferenciante: D. Gonzalo Franco Ordovás, graduado en historia con especialización en Historia Medieval.
  3. La toma de Sevilla por Fernando III. Conferenciante: Dr. D. Manuel García Fernandez, catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Sevilla y director del departamento de Historia Medieval de la US.

 

El mediador y presentador de los conferenciantes será D. Ángel Romero Moreira (vicepresidente y portavoz de la Asoc. Rodrigo de Bastidas).

La Jornada se  celebrará en la sala de Conferencias del Museo Histórico Militar, acceso por la Av. Gran Capitán, el próximo día 23 de noviembre a las 18:00. Entrada libre hasta completar aforo.

 

cartel JORNADA CONQUISTA DE SEVILLA 1

Los caballeros de San Fernando de Sevilla tenemos permanente devoción al Santo Rey por ser su figura una de las más prominentes y nobles de la historia de España. Cuando rezando evoco la intercesión del Santo pienso en los valores que tan gallardamente ondeó en el siglo XIII y que están plenamente vigentes hoy. Los que nos asomamos a la historia escrita por nuestros contemporáneos comprobamos con pena cómo a nuestros más grandes santos se les apea el tratamiento: vemos escrito «Fernando e Isabel» a quienes siempre fueron los Reyes Católicos; «Teresa de Ávila» a quién siempre fue nuestra admiradísima Santa Teresa; o en nuestro caso » Fernando III de Castilla» a quién siempre hemos llamado Fernando III, el Santo. Los cristianos no nos enfadamos fácilmente, pero sí nos ponemos tristes ante estos desacatos, Es imposible desarbolar el catolicismo de muchas de las grandes figuras de la historia española sin que éstas pierdan su esencia, por más que se pretenda un análisis estrictamente laico del moderno historiador ateo -o timorato-.

Los que hemos tenido la suerte de estudiar la biografía de San Fernando, constatamos a pesar de ser un rey medieval en una época convulsa y muy distinta a la nuestra, el Santo tenía una personalidad maravillosa cuya huella ha trascendido el paso del tiempo. Tanto es así, que más de ocho siglos después de su muerte sigue siendo una fuente clara en la que queremos vernos reflejados sus devotos y muy especialmente sus devotos sevillanos, por ser «nuestro Rey».

Me permito estas líneas, escritas torpemente pero con mucho amor, para ensalzar su figura y los rasgos más sobresalientes por si algún lector puede aprovecharse de ellos:

– Su Fe: Un rasgo sobresale sobre todos los del hombre, del hijo, del padre, del monarca fue su fe inquebrantable en Dios y en la figura intercesora y fortalecedora de la Virgen María. En la Santísima Trinidad y en la madre de Dios encontraba permanente alimento su alma para cumplir con su fe y con su destino.

– Su Pureza: Decía su madre, la Reina Berenguela que el niño Fernando tenía los ojos «puros como el cielo de Castilla». No sólo sus ojos, también su espíritu y sus intenciones fueron de gran pureza hasta el punto de no interesarle el matrimonio, que hubo de verificar por ser su deber de Estado.

– Su Fortaleza: San Fernando fue un hombre fuerte cuya convicción era que debía reconquistar la península para la cristiandad. El creía ciegamente que ése era su mandato divino y se esforzó para conseguirlo. Es sabido que retomó extensos territorios y plazas notables como Córdoba, Sevilla o Jerez para la corona de Castilla.

– Su tino: Como gobernante fuer San Fernando sagaz y atinado. Advertido de las complejidades de los equilibrios entre sus señores fue justo hasta donde podía serlo un rey medieval en guerra permanente con los musulmanes y con constantes riñas internas. Con todo los reinos de Castilla y León vivieron una época de relativa tranquilidad y prosperidad.

-Su Convicción: San Fernando fue un monarca que actuó con convicción sin importarle la dificulta de la empresa. A menudo enfermó, extenuado por sus esfuerzos, pero siempre se recuperó para continuarlo. No flaqueó.

Amor filial: Decía su madre, la Reina Berenguela que el niño Fernando tenía los ojos «puros como el cielo de Castilla». Al nacer estuvo a punto de morir y eso creo entre ellos un vínculo como sólo puede existir entre una madre y un hijo. Doña Berenguela fue siempre una influencia benéfica, con sabios consejos de Estado y absoluta lealtad. La relación con su padre, Alfonso IX de León fue muy difícil «De dónde os viene a vos, tanta inquina contra nos», se quejaba amargamente el joven Fernando. Aún así cumplió fielmente con el mandamiento de honrar a su padre y a su madre.

Amor paterno: Como padre fue noble y amoroso, especialmente con su sucesor Alfonso X, al que llamarían «El Sabio» dándole mando y poniéndole al frente de la campaña de reconquista de Murcia, con gran acierto. San Fernando fue un buen padre como antes había sido un buen hijo y un buen hermano.

Amor de esposo: San Fernando casó dos veces, primero con Beatriz de Suabia y, muerta ésta, con Juana de Ponthieu. En ambas ocasiones fue por razón de su cargo y por responsabilidad. Con ambas fue amable, agradable y de buen trato y ambas le amaron a él. Muestra icónica del amor de sus segunda esposa es el regalo de la talla de la Virgen de los Reyes, hecha tras la conquista de Sevilla, que la francesa Juana regaló a Fernando. Hoy luce en la Capilla del mismo nombre de la Iglesia Catedral de Sevilla

Su Abnegación: Fernando III, el Santo fue un hombre muy trabajador, que es la expresión que utilizaríamos hoy. Trato de establecer reformas jurídicas que le llevaron mucho tiempo, como lo era la impartición de justicia. Nunca flaqueó, siempre cumplió con su deber.

Su Caridad: San Fernando fue un hombre caritativo que mandaba cuidar del débil y que se apiadó en numerosas ocasiones de enemigos que le habían hecho mucho daño. Fue piadoso también con el vencido tras sus conquistas.

Su Humildad: El Rey Santo desviaba su caballo y salía de la calzada al cruzarse con grupos de peregrinos. Su llaneza a la hora de afrontar los asuntos de Estado fue encomiable, nunca se le nubló el juicio por la grandeza de su figura porque San Fernando era un hombre sencillo y muy humilde. Por eso fue un grandísimo Rey.

Estos rasgos están vigentes hoy y de ellos pueden tomar ejemplo los hombres, mujeres y niños de nuestro pueblo.

Carlos González de Escalada Álvarez
Vice-Canciller
Real Noble y Piadosa Hermandad de Caballeros y Damas de San Fernando de Sevilla

Fernando de Artacho y Pérez-Blázquez es el Hermano Mayor y Presidente de la Real, Noble y Piadosa Hermandad de Caballeros de San Fernando de Sevilla. Nos ofrece la siguiente entrevista para conocer mejor esta pía corporación:

-¿Qué representa la Real Noble y Piadosa Hermandad de Caballeros y Damas de San Fernando de Sevilla?
Primero representa la continuidad en el tiempo de una veneración acendrada a Nuestro Señor Jesucristo, a su Santísima Madre la Inmaculada Virgen María, en la advocación de Nuestra Señora de los Reyes, y una devoción al Santo Rey don Fernando que ganó nuestra ciudad.
En segundo lugar, el ser un testimonio de quienes deseamos hacer nuestros, los principios que rigieron la vida del Santo Rey, la defensa de nuestra Fe, de la unidad de la Patria, en la que tan importante papel jugó Fernando III, y la difusión de la cultura y el conocimiento.

-¿Cuál es su origen histórico?
Sin descartar una mayor antigüedad -por la falta de su archivo, que fue incautado y destruido durante la segunda República, al ser abolida la Compañía de Jesús e incautados sus bienes- tenemos constancia documental irrefutable de su existencia en la segunda mitad del siglo XIX, ya entonces bajo la dirección de los jesuitas, en cuya sede se dirigía espiritualmente a un grupo de fieles que se calificaban como “caballeros y militares” y también como “caballeros y Comunión Reparadora Militar”. Con el paso del tiempo, la Compañía oficializa esa dirección espiritual formando con ellos la Congregación de la Inmaculada y San Fernando, unida a la Prima Primaria de Roma. La primera referencia que aparece en los archivos jesuitas con ese título data de 1924. Al año siguiente, en una solemne ceremonia a la que asisten más de ochenta congregantes, se estipula que la congregación tendría dos secciones, la civil de caballeros y la militar.

Desde entonces fueron conocidos en Sevilla con el nombre de “Caballeros de San Fernando”, como recogen los principales medios de la ciudad ya en los años veinte del pasado siglo. Sus dos primeros hermanos mayores o prefectos fueron dos alcaldes de Sevilla, el Excmo. Sr. Don Carlos de la Lastra y Romero de Tejada, marqués de Torrenueva, diputado a Cortes y Senador del Reino; y el Excmo. Sr. Pedro Armero y Manjón, conde de Bustillo, comendador de la Orden Pontificia de San Gregorio Magno, ambos también caballeros maestrantes de Sevilla.

A finales de los años cuarenta del pasado siglo, hubo una transformación en la que nuestra corporación se convirtió en la Real Hermandad de Caballeros de San Fernando; el título de Real le venía legítimamente por la Congregación, en cuya medalla figuraba la corona real, por haber pertenecido a la misma S.M. Don Alfonso XIII y tres Infantes de España.

-¿Qué significa ser un caballero, una dama de San Fernando?
Significa cumplir con la obligación de preservar y mantener los principios que defendió el Santo Rey; tarea, hoy día, muy difícil por la corriente laicista y anticlerical que nos invade, donde el relativismo moral justifica todo y se ataca a los sentimientos más profundos de los católicos desde las mismas instituciones políticas. San Fernando, siendo rey, se hizo armar caballero, pues sabía que aquella ceremonia le obligaba aún más a defender la Fe y a los más desprotegidos.

-¿Cuáles son los brazos de la Hermandad de San Fernando?
En un principio sólo hubo dos secciones como ya hemos visto, la de caballeros y la de militares. Tenemos que tener presente que la mayoría de sus miembros salían de los colegios de la Compañía de Jesús, donde estudiaban las élites sevillanas. Las congregaciones marianas jesuitas abarcaban a todos los ámbitos de la sociedad; se fundaron congregaciones para estudiantes, para universitarios, para seminaristas, para obreros, para madres y también para caballeros y militares. Los Luises, los Estanislaos, los Javieres y la de San Fernando, son algunas de ellas.

Hoy en día, los brazos han aumentado por el cambio que ha sufrido la sociedad. Tiene seis secciones o brazos: el noble, el militar, estos dos continuadores de las secciones de caballeros y militares primitivas; el eclesiástico para sacerdotes, creado a finales de 1947 por el Excmo. y Rvdmo. Sr. Don José Sebastían y Bandará, Capellán Real y presidente del la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, cuya medalla preside la vitrina de condecoraciones del tesoro de la Virgen de los Reyes; el académico, para personas que han aportado a la sociedad su sabio conocimiento; el civil, para quienes han destacado en el servicio público a los demás, y el religioso, para los que destacan en el servicio a la Iglesia siendo laicos.

-¿Qué obras de caridad realiza la Hermandad?
La hermandad posee recursos limitados, pues nunca ha tenido cuota anual, se mantiene con las limosnas de ingreso y otras de anónimos caballeros, y hoy día no estamos en el mejor momento para fijar una anualidad.

Pero, a pesar de ello, ha contribuido con limosnas a conventos, hermandades, en campañas por desastres meteorológicos, ha costeado aun altar de mármol para el Sagrario de una nueva parroquia y entregado donativos a la Iglesia en las diversas sedes que nos han recibido.

-¿Por qué la devoción al Rey Santo?
Porque fue un modelo de caballero, el atleta de Cristo, como le llamó el Santo Padre; por su valor, entrega, sacrificio, heroísmo y su inmensa Fe y humildad. Es un ejemplo a seguir, pero también muy difícil de llegar a esa entrega total a Dios que iluminó toda su vida.

-¿Cree que la figura de Fernando III el Santo es suficientemente conocida?
En Sevilla se conoce más, por ser su patrón y por su festividad, que hasta hace muy poco era fiesta local; pero realmente ignoran quién fue, lo que hizo y lo que representa.

-¿Dónde le gustaría que estuviera la Hermandad en, digamos 10 años?
Me gustaría que canónicamente volviese a la sede que le concedió el arzobispado de Sevilla en sus Reglas de 1949, la Capilla Real, y que desde los años setenta se perdió. Como institución mantener una presencia permanente en la ciudad, pero siempre con la característica discreción que hemos mantenido desde nuestra fundación; de hecho, es una gran desconocida para los sevillanos. Tenemos en proyecto la publicación de un libro con su historia que, de hecho, ya está muy avanzado. Más de uno se asombrará de esta historia tan desconocida, que irá probada y documentada para que no exista duda alguna de su veracidad.

-¿Qué supone para D. Fernando de Artacho estar a la cabeza de una Hermandad con tanto abolengo y tradición?
Una gran responsabilidad que se traduce en mantener a la Real Hermandad dentro de los principios que la crearon, ser conscientes de lo que fuimos y de lo que somos, teniendo presente los profundos cambios sociales, pero sin caer en las transformaciones acomodaticias de las ideologías imperantes que cada vez se apartan más de la Iglesia.

También supone una importante obligación el conservar unida la corporación y el preparar a sus miembros para que sean futuros relevos en el gobierno de ésta, sabiendo realmente lo que representa la hermandad, para que no la conviertan en algo diferente de lo que es.

-¿Considera que la sociedad sevillana está perdiendo la raigambre de sus convicciones católicas?
Creo que sí, y es muy evidente a pesar de la existencia de tantas hermandades, con sus solemnes cultos, y de nuestra maravillosa Semana Santa. Estamos más preocupados por lo accesorio y lo estético, que por lo fundamental, que dejamos en el olvido. Basta explicar con un ejemplo esta situación para entenderla mejor. Hace unos años, el sábado de Pasión se convocó una manifestación en Sevilla en defensa de la vida, contra el aborto, y allí no acudieron más de doscientas personas, a pesar de haberse hecho llegar la convocatoria a las hermandades. Sin embargo, una semana después, cientos de miles de sevillanos ocupaban las calles de Sevilla para ver las cofradías en la calle, en las que procesionaban decenas de miles de hermanos. Pero, evidentemente, no es lo mismo vestir la túnica del Nazareno, que significa cumplir con sus mandamientos, que disfrazarse con ella para desfilar un día al año por las calles de Sevilla.

San Fernando III, Rey de Castilla y León

En estos días cercanos a la festividad de nuestro patrono San Fernando, esta Hermandad y otras instituciones realizarán diversos actos de los que ofrecemos referencias, instando a nuestros hermanos, amigos y simpatizantes a asistir a los mismos:

– Martes 29 de mayo, 20 horas. Mesa Redonda sobre la figura de San Fernando en el Excmo. Ateneo de Sevilla. Intervienen por la Hermandad y por la Academia Andaluza de Historia y Ciencias Heroicas «Ortiz de Zúñiga» los catedráticos de la Universidad de Sevilla Sres. García Fernández y Pérez Calero. Formará parte de la Mesa D. José Gámez, por la Editorial ABEC.

– Miércoles 30 de mayo, 10 horas. Solemne Función de Instituto en honor a San Fernando. Parroquia de San Benito (antiguo convento de San Benito de la Orden Militar de Calatrava). Los hermanos asistirán de etiqueta de mañana (chaqué) con insignias y medalla corporativa.

SAN FERNANDO III DE CASTILLA Y DE LEÓN (1198-1252).

Por José Mª. Sánchez de Muniáin

San Fernando (1198? – 1252) es, sin hipérbole, el español más ilustre de uno de los siglos cenitales de la historia humana, el XIII, y una de las figuras máximas de España; quizá con Isabel la Católica la más completa de toda nuestra historia política. Es uno de esos modelos humanos que conjugan en alto grado la piedad, la prudencia y el heroísmo; uno de los injertos más felices, por así decirlo, de los dones y virtudes sobrenaturales en los dones y virtudes humanos.

Fernando III (Tumbo A, Santiago de Compostela, Catedral).

Fernando III (Tumbo A, Santiago de Compostela, Catedral).

A diferencia de su primo carnal San Luis IX de Francia, Fernando III no conoció la derrota ni casi el fracaso. Triunfó en todas las empresas interiores y exteriores. Dios les llevó a los dos parientes a la santidad por opuestos caminos humanos; a uno bajo el signo del triunfo terreno y al otro bajo el de la desventura y el fracaso.

Fernando III unió definitivamente las coronas de Castilla y León. Reconquistó casi toda Andalucía y Murcia. Los asedios de Córdoba, Jaén y Sevilla y el asalto de otras muchas otras plazas menores tuvieron grandeza épica. El rey moro de Granada se hizo vasallo suyo. Una primera expedición castellana entró en África, y nuestro rey murió cuando planeaba el paso definitivo del Estrecho. Emprendió la construcción de nuestras mejores catedrales (Burgos y Toledo ciertamente; quizá León, que se empezó en su reinado). Apaciguó sus Estados y administró justicia ejemplar en ellos. Fue tolerante con los judíos y riguroso con los apóstatas y falsos conversos. Impulsó la ciencia y consolidó las nacientes universidades. Creó la marina de guerra de Castilla. Protegió a las nacientes Ordenes mendicantes de franciscanos y dominicos y se cuidó de la honestidad y piedad de sus soldados. Preparó la codificación de nuestro derecho e instauró el idioma castellano como lengua oficial de las leyes y documentos públicos, en sustitución del latín. Parece cada vez más claro históricamente que el florecimiento jurídico, literario y hasta musical de la corte de Alfonso X el Sabio es fruto de la de su padre. Pobló y colonizó concienzudamente los territorios conquistados. Instituyó en germen los futuros Consejos del reino al designar un colegio de doce varones doctos y prudentes que le asesoraran; mas prescindió de validos.

Alfonso IX, Rey de León (Tumbo A, Santiago de Compostela, Catedral).

Alfonso IX, Rey de León (Tumbo A, Santiago de Compostela, Catedral).

Guardó rigurosamente los pactos y palabras convenidos con sus adversarios los caudillos moros, aun frente a razones posteriores de conveniencia política nacional; en tal sentido es la antítesis caballeresca del «príncipe» de Maquiavelo. Fue, como veremos, hábil diplomático a la vez que incansable impulsor de la Reconquista. Sólo amó la guerra bajo razón de cruzada cristiana y de legítima reconquista nacional, y cumplió su firme resolución de jamás cruzar las armas con otros príncipes cristianos, agotando en ello la paciencia, la negociación y el compromiso. En la cumbre de la autoridad y del prestigio atendió de manera constante, con ternura filial, reiteradamente expresada en los diplomas oficiales, los sabios consejos de su madre excepcional, doña Berenguela. Dominó a los señores levantiscos; perdonó benignamente a los nobles que vencidos se le sometieron y honró con largueza a los fieles caudillos de sus campañas. Engrandeció el culto y la vida monástica, pero exigió la debida cooperación económica de las manos muertas eclesiásticas y feudales. Robusteció la vida municipal y redujo al límite las contribuciones económicas que necesitaban sus empresas de guerra. En tiempos de costumbres licenciosas y de desafueros dio altísimo ejemplo de pureza de vida y sacrificio personal, ganando ante sus hijos, prelados, nobles y pueblo fama unánime de santo.

Como gobernante fue a la vez severo y benigno, enérgico y humilde, audaz y paciente, gentil en gracias cortesanas y puro de corazón. Encarnó, pues, con su primo San Luis IX de Francia, el dechado caballeresco de su época.

Su muerte, según testimonios coetáneos, hizo que hombres y mujeres rompieran a llorar en las calles, comenzando por los guerreros.

Toma de Sevilla por Fernando III en 1248: Saqqaf (Axataf) le hace entrega de las llaves (Francisco Pacheco, s. XVII).

Toma de Sevilla por Fernando III en 1248: Saqqaf (Axataf) le hace entrega de las llaves (Francisco Pacheco, s. XVII).

Más aún. Sabemos que arrebató el corazón de sus mismos enemigos, hasta el extremo inconcebible de lograr que algunos príncipes y reyes moros abrazaran por su ejemplo la fe cristiana. «Nada parecido hemos leído de reyes anteriores», dice la crónica contemporánea del Tudense hablando de la honestidad de sus costumbres. «Era un hombre dulce, con sentido político», confiesa Al Himyari, historiador musulmán adversario suyo. A sus exequias asistió el rey moro de Granada con cien nobles que portaban antorchas encendidas. Su nieto don Juan Manuel le designaba ya en el En-xemplo XLI «el santo et bienauenturado rey Don Fernando».

Más que el consorcio de un rey y un santo en una misma persona, Fernando III fue un santo rey; es decir, un seglar, un hombre de su siglo, que alcanzó la santidad santificando su oficio.

Fue mortificado y penitente, como todos los santos; pero su gran proceso de santidad lo está escribiendo, al margen de toda finalidad de panegírico, la más fría crítica histórica; es el relato documental, en crónicas y datos sueltos de diplomas, de una vida tan entregada al servicio de su pueblo por amor de Dios, y con tal diligencia, constancia y sacrificio, que pasma. San Fernando roba por ello el alma de todos los historiadores, desde sus contemporáneos e inmediatos hasta los actuales. Físicamente, murió a causa de las largas penalidades que hubo de imponerse para dirigir al frente de todo su reino una tarea que, mirada en conjunto, sobrecoge. Quizá sea ésta una de las formas de martirio más gratas a los ojos de Dios.

San Fernando, por B.E. Murillo (1671).

San Fernando, por B.E. Murillo (1671).

Vemos, pues, alcanzar la santidad a un hombre que se casó dos veces, que tuvo trece hijos, que, además de férreo conquistador y justiciero gobernante, era deportista, cortesano gentil, trovador y músico. Más aún: por misteriosa providencia de Dios veneramos en los altares al hijo ilegítimo de un matrimonio real incestuoso, que fue anulado por el gran pontífice Inocencio III: el de Alfonso IX de León con su sobrina doña Berenguela, hija de Alfonso VIII, el de las Navas.

Fernando III tuvo siete hijos varones y una hija de su primer matrimonio con Beatriz de Suabia, princesa alemana que los cronistas describen como «buenísima, bella, juiciosa y modesta» (optima, pulchra, sapiens et pudica), nieta del gran emperador cruzado Federico Barbarroja, y luego, sin problema político de sucesión familiar, vuelve a casarse con la francesa Juana de Ponthieu, de la que tuvo otros cinco hijos. En medio de una sociedad palaciega muy relajada su madre doña Berenguela le aconsejó un pronto matrimonio, a los veinte años de edad, y luego le sugirió el segundo. Se confió la elección de la segunda mujer a doña Blanca de Castilla, madre de San Luis.

Sería conjetura poco discreta ponerse a pensar si, de no haber nacido para rey (pues por heredero le juraron ya las Cortes de León cuando tenía sólo diez años, dos después de la separación de sus padres), habría abrazado el estado eclesiástico. La vocación viene de Dios y Él le quiso lo que luego fue. Le quiso rey santo. San Fernando es un ejemplo altísimo, de los más ejemplares en la historia, de santidad seglar.

Santo seglar lleno además de atractivos humanos. No fue un monje en palacio, sino galán y gentil caballero. El puntual retrato que de él nos hacen la Crónica general y el Septenario es encantador. Es el testimonio veraz de su hijo mayor, que le había tratado en la intimidad del hogar y de la corte.

San Fernando era lo que hoy llamaríamos un deportista: jinete elegante, diestro en los juegos de a caballo y buen cazador. Buen jugador a las damas y al ajedrez, y de los juegos de salón.

El santo Rey don Fernando III (B.E. Murillo, 1670).

El santo Rey don Fernando III (B.E. Murillo, 1670).

Amaba la buena música y era buen cantor. Todo esto es delicioso como soporte cultural humano de un rey guerrero, asceta y santo. Investigaciones modernas de Higinio Anglés parecen demostrar que la música rayaba en la corte de Fernando III a una altura igual o mayor que en la parisiense de su primo San Luis, tan alabada. De un hijo de nuestro rey, el infante don Sancho, sabemos que tuvo excelente voz, educada, como podemos suponer, en el hogar paterno.

Era amigo de trovadores y se le atribuyen algunas cantigas, especialmente una a la Santísima Virgen. Es la afición poética, cultivada en el hogar, que heredó su hijo Alfonso X el Sabio, quien nos dice: «todas estas vertudes, et gracias, et bondades puso Dios en el Rey Fernando».

Sabemos que unía a estas gentilezas elegancia de porte, mesura en el andar y el hablar, apostura en el cabalgar, dotes de conversación y una risueña amenidad en los ratos que concedía al esparcimiento. Las Crónicas nos lo configuran, pues, en lo humano como un gran señor europeo. El naciente arte gótico le debe en España, ya lo dijimos, sus mejores catedrales.

A un género superior de elegancia pertenece la menuda noticia que incidentalmente, como detalle psicológico inestimable, debemos a su hijo: al tropezarse en los caminos, yendo a caballo, con gente de a pie torcía Fernando III por el campo, para que el polvo no molestara a los caminantes ni cegara a las acémilas. Esta escena del séquito real trotando por los polvorientos caminos castellanos y saliéndose a los barbechos detrás de su rey cuando tropezaba con campesinos la podemos imaginar con gozoso deleite del alma. Es una de las más exquisitas gentilezas imaginables en un rey elegante y caritativo. No siempre observamos hoy algo parecido en la conducta de los automovilistas con los peatones. Años después ese mismo rey, meditando un Jueves Santo la pasión de Jesucristo, pidió un barreño y una toalla y echóse a lavar los pies a doce de sus súbditos pobres, iniciando así una costumbre de la Corte de Castilla que ha durado hasta nuestro siglo.

Hombre de su tiempo, sintió profundamente el ideal caballeresco, síntesis medieval, y por ello profundamente europea, de virtudes cristianas y de virtudes civiles. Tres días antes de su boda, el 27 de noviembre de 1219, después de velar una noche las armas en el monasterio de las Huelgas, de Burgos, se armó por su propia mano caballero, ciñéndose la espada que tantas fatigas y gloria le había de dar. Sólo Dios sabe lo que aquel novicio caballero oró y meditó en noche tan memorable, cuando se preparaba al matrimonio con un género de profesión o estado que tantos prosaicos hombres modernos desdeñan sin haberlo entendido. Años después había de armar también caballeros por sí mismo a sus hijos, quizá en las campañas del sur. Mas sabemos que se negó a hacerlo con alguno de los nobles más poderosos de su reino, al que consideraba indigno de tan estrecha investidura.

Portada de las "Fiestas", de Torre Farfán, por Francisco de Herrera (1671).

Portada de las «Fiestas», de Torre Farfán, por Francisco de Herrera (1671).

Deportista, palaciano, músico, poeta, gran señor, caballero profeso. Vamos subiendo los peldaños que nos configuran, dentro de una escala de valores humanos, a un ejemplar cristiano medieval.

De su reinado queda la fama de las conquistas, que le acreditan de caudillo intrépido, constante y sagaz en el arte de la guerra. En tal aspecto sólo se le puede parangonar su consuegro Jaime el Conquistador. Los asedios de las grandes plazas iban preparados por incursiones o «cabalgadas» de castigo, con fuerzas ágiles y escogidas que vivían sobre el país. Dominó el arte de sorprender y desconcertar. Aprovechaba todas las coyunturas políticas de disensión en el adversario. Organizaba con estudio las grandes campañas. Procuraba arrastrar más a los suyos por la persuasión, el ejemplo personal y los beneficios futuros que por la fuerza. Cumplidos los plazos, dejaba retirarse a los que se fatigaban.

Esta es su faceta histórica más conocida. No lo es tanto su acción como gobernante, que la historia va reconstruyendo: sus relaciones con la Santa Sede, los prelados, los nobles, los municipios, las recién fundadas universidades; su administración de justicia, su dura represión de las herejías, sus ejemplares relaciones con los otros reyes de España, su administración económica, la colonización y ordenamientos de las ciudades conquistadas, su impulso a la codificación y reforma del derecho español, su protección al arte. Esa es la segunda dimensión de un reinado verdaderamente ejemplar, sólo parangonable al de Isabel la Católica, aunque menos conocido.

Mas hay una tercera, que algún ilustre historiador moderno ha empezado a desvelar y cuyo aroma es seductor. Me refiero a la prudencia y caballerosidad con sus adversarios los reyes musulmanes. «San Fernando –dice Ballesteros Beretta en un breve estudio monográfico– practica desde el comienzo una política de lealtad.» Su obra «es el cumplimiento de una política sabiamente dirigida con meditado proceder y lealtad sin par».

Lo subraya en su puntual biografía el padre Retana. Sintiéndose con derecho a la reconquista patria, respeta al que se le declara vasallo. Vencido el adversario de su aliado moro, no se vuelve contra éste. Guarda las treguas y los pactos. Quizá en su corazón quiso también ganarles con esta conducta para la fe cristiana. Se presume vehementemente que alguno de sus aliados la abrazó en secreto. El rey de Baeza le entrega en rehén a un hijo, y éste, convertido al cristianismo y bajo el título castellano de infante Fernando Abdelmón (con el mismo nombre cristiano de pila del rey), es luego uno de los pobladores de Sevilla. ¿No sería quizá San Fernando su padrino de bautismo? Gracias a sus negociaciones con el emir de los benimerines en Marruecos el papa Alejandro IV pudo enviar un legado al sultán. Con varios San Fernandos, hoy tendría el África una faz distinta.

"S. Fernando, Rey de España". Imagen del Santo Rey al óleo, s. XVII.

«S. Fernando, Rey de España». Imagen del Santo Rey al óleo, s. XVII.

Al coronar su cruzada, enfermo ya de muerte, se declaraba a sí mismo en el fuero de Sevilla caballero de Cristo, siervo de Santa María, alférez de Santiago. Iban envueltas esas palabras en expresiones de adoración y gratitud a Dios, para edificación de su pueblo. Ya los papas Gregorio IX e Inocencio IV le habían proclamado «atleta de Cristo» y «campeón invicto de Jesucristo». Aludían a sus resonantes victorias bélicas como cruzado de la cristiandad y al espíritu que las animaba.

Como rey, San Fernando es una figura que ha robado por igual el alma del pueblo y la de los historiadores. De él se puede asegurar con toda verdad –se aventura a decir el mesurado Feijoo– que en otra nación alguna non est inventus similis illi [no se ha encontrado ninguno semejante a él].

Efectivamente, parece puesto en la historia para tonificar el espíritu colectivo de los españoles en cualquier momento de depresión espiritual.

Le sabemos austero y penitente. Mas, pensando bien, ¿qué austeridad comparable a la constante entrega de su vida al servicio de la Iglesia y de su pueblo por amor de Dios?

Cuando, guardando luto en Benavente por la muerte de su mujer, doña Beatriz, supo mientras comía el novelesco asalto nocturno de un puñado de sus caballeros a la Ajarquía o arrabal de Córdoba, levantóse de la mesa, mandó ensillar el caballo y se puso en camino, esperando, como sucedió, que sus caballeros y las mesnadas le seguirían viéndole ir delante. Se entusiasmó, dice la Crónica latina: «irruit… Domini Spiritus in rege». Veían los suyos que todas sus decisiones iban animadas por una caridad santa. Parece que no dejó el campamento para asistir a la boda de su hijo heredero ni al conocer la muerte de su madre.

Epitafio de San Fernando, compuesto por su hijo Alfonso X "el Sabio".

Epitafio de San Fernando, compuesto por su hijo Alfonso X «el Sabio».

Diligencia significa literalmente amor, y negligencia desamor. El que no es diligente es que no ama en obras, o, de otro modo, que no ama de verdad. La diligencia, en último término, es la caridad operante. Este quizá sea el mayor ejemplo moral de San Fernando. Y, por ello, ninguno de los elogios que debemos a su hijo, Alfonso X el Sabio, sea en el fondo tan elocuente como éste: «no conoció el vicio ni el ocio».

Esa diligencia estaba alimentada por su espíritu de oración. Retenido enfermo en Toledo, velaba de noche para implorar la ayuda de Dios sobre su pueblo. «Si yo no velo –replicaba a los que le pedían descansase–, ¿cómo podréis vosotros dormir tranquilos?» Y su piedad, como la de todos los santos, mostrábase en su especial devoción al Santísimo Sacramento y a la Virgen María.

A imitación de los caballeros de su tiempo, que llevaban una reliquia de su dama consigo, San Fernando portaba, asida por una anilla al arzón de su caballo, una imagen de marfil de Santa María, la venerable «Virgen de las Batallas» que se guarda en Sevilla. En campaña rezaba el oficio parvo mariano, antecedente medieval del santo rosario. A la imagen patrona de su ejército le levantó una capilla estable en el campamento durante el asedio de Sevilla; es la «Virgen de los Reyes», que preside hoy una espléndida capilla en la catedral sevillana. Renunciando a entrar como vencedor en la capital de Andalucía, le cedió a esa imagen el honor de presidir el cortejo triunfal. A Fernando III le debe, pues, inicialmente Andalucía su devoción mariana. Florida y regalada herencia.

Muerte de San Fernando (detalle). S. XIX, Real Alcázar, Sevilla.

Muerte de San Fernando (detalle). S. XIX, Real Alcázar, Sevilla.

La muerte de San Fernando es una de las más conmovedoras de nuestra Historia. Sobre un montón de ceniza, con una soga al cuello, pidiendo perdón a todos los presentes, dando sabios consejos a su hijo y sus deudos, con la candela encendida en las manos y en éxtasis de dulces plegarias. Con razón dice Menéndez Pelayo: «El tránsito de San Fernando oscureció y dejó pequeñas todas las grandezas de su vida». Y añade: «Tal fue la vida exterior del más grande de los reyes de Castilla: de la vida interior ¿quién podría hablar dignamente sino los ángeles, que fueron testigos de sus espirituales coloquios y de aquellos éxtasis y arrobos que tantas veces precedieron y anunciaron sus victorias?»

San Fernando quiso que no se le hiciera estatua yacente; pero en su sepulcro grabaron en latín, castellano, árabe y hebreo este epitafio impresionante: «Aquí yace el Rey muy honrado Don Fernando, señor de Castiella é de Toledo, de León, de Galicia, de Sevilla, de Córdoba, de Murcia é de Jaén, el que conquistó toda España, el más leal, é el más verdadero, é el más franco, é el más esforzado, é el más apuesto, é el más granado, é el más sofrido, é el más omildoso, é el que más temie a Dios, é el que más le facía servicio, é el que quebrantó é destruyó á todos sus enemigos, é el que alzó y ondró á todos sus amigos, é conquistó la Cibdad de Sevilla, que es cabeza de toda España, é passos hi en el postrimero día de Mayo, en la era de mil et CC et noventa años.»

Que San Fernando sea perpetuo modelo de gobernantes e interceda por que el nombre de Jesucristo sea siempre debidamente santificado en nuestra Patria.

José Mª. Sánchez de Muniáin,

San Fernando III de Castilla y León, en Año Cristiano, Tomo II,

Madrid, Ed. Católica (BAC 184), 1959, pp. 523- 531.