CARTA DE AGRADECIMIENTO, EN REPRESENTACIÓN DE LOS NUEVOS HERMANOS RECIBIDOS EN 2009.

Cruz de Cruces, centrada con la imagen de San Fernando

SEVILLA, 16 de mayo de 2009

Excelentísimo Señor Teniente de Hermano Mayor, Alteza Real e Imperial, Excelentísimos e ilustrísimos señores, Caballeros y damas de esta Real, Noble y Piadosa Hermandad de Caballeros San Fernando de Sevilla, Hermanos y amigos en el Señor.

Donde los muros de la vieja y noble ciudad, Cervantes lo atestigua, marcan la senda del peregrino. Donde las calles mantienen las viejas estrecheces de los senderos del alma y de los olvidados surcos del tiempo. Donde dentro de poco tronarán los cohetes del festivo Pentecostés rociero y el júbilo llene las alforjas de la memoria. Donde la Ciudad, mi queridísima Sevilla, se hace a sí misma, se mira frente a frente, su verdad más plena, sus raíces sinceras. Donde la magna Patriarcal de generosas proporciones es buque insignia, galeón de almas que navegan por el ultramar de historias que recuerdan los cielos que no perdimos, la fe de nuestros mayores, la mejor herencia que vieron los siglos. Donde la ilusión de la infancia –¡ay Mes de María!– se hizo fuerte, vigorosa y quiso ser auxilio cristiano de un mundo que tantas veces gime sin consuelo en este valle de lágrimas. Donde la Gracia no pasa, porque el paso de Dios hace del tiempo presente momento propicio de salvación, tengo la dicha y el inmenso honor –inmerecido, y osado quizás–, siguiendo la vieja estela de hombres recios, de dirigiros, en nombre de los nuevos caballeros y damas, como heraldo gozoso la palabra, esta humilde réplica de cariños sinceros, que os dirige este humilde clérigo, joven diácono y ya hermano vuestro en esta Real Hermandad, a quien habéis tenido la merced de hacer tripulante de ese viejo y siempre nuevo tercio de hombres, apóstoles valerosos de la España Católica, que luchando contra viento y marea, dispuestos están a darlo todo por las tradiciones de nuestra patria, por la bellísima herencia que nos legó la devoción honda y sincera de quienes nos precedieron. Porque, en el corazón mismo de Sevilla, en el cofre de sus esencias, allí donde se guarda el cahíz de tierra más valioso de su historia, yace el cuerpo de un rey que fue verdadero padre de su pueblo y que reposa a la vera de la Virgen. En el corazón de la magna archidiócesis hispalense, faro de ultramar y madre espiritual y cabeza de todo un continente ganado para la causa de la fe, se levanta imponente como hito de la devoción de un pueblo, el anhelo de la religiosidad de siglos, el sueño grandioso de un Rey santo y sabio que prendió la llama de la fe, uniendo para siempre, en perenne matrimonio, España y la fe cristiana. Una historia apasionante de piedad secular que bien merece contarse a las generaciones venideras y que hoy, como al santo Rey, nos debe llevar a servir a los que más necesiten, siendo nobles de corazón y de vida, alegres de corazón, entregados, austeros, valientes, generosos con los que más nos necesiten. Un amor que nos lleve siempre a lavar los pies de un mundo que nos necesita, como el Rey Santo, que en una noche de locura santa siguiendo el ejemplo del Rey de Reyes, se puso a los pies de doce pobres. Una historia, pues, que siempre nos llama a la memoria de su santidad y del heroísmo sincero. Una historia siempre nueva, siempre dispuesta a la aventura, en la que habéis querido que entremos a formar parte. Por eso, por vuestra merced, por vuestra amistad.

De corazón, muchas gracias.

Antonio Romero Padilla

Diácono