Magistrado D. Mario García-Oliva y Pérez (Santander, Cantabria, 1928 – ibídem, 2008)

Le conocí hace más de veinte años, cuando una amable voz norteña sonaba a través de mi teléfono a modo de presentación; fue el comienzo de una sincera y larga amistad.

Mario aunaba en su íntegra persona la hidalguía y hombría de bien de su sangre montañesa con el señorío más desprendido de su casta sevillana. Fusión que en esta tierra de María Santísima ha dado grandes hombres. Mario fue una destacada muestra de ello.

Caballero de arraigadas convicciones cristianas y gran amante de su Patria, ocupó los más altos cargos, tanto en su vida profesional como en la política. En ésta última fue senador del reino y presidente de la Comisión de Justicia del Senado.

Su carrera profesional, comenzada cuando se licenció en Derecho por la Universidad de Salamanca, fue culminada como Magistrado del Tribunal Superior de Cantabria, llegando a detentar la presidencia. Su mérito personal fue reconocido con la Cruz de Honor de la Orden de San Raimundo de Peñafort. Igualmente, sus conocimientos jurídicos le abrieron las puertas de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación como correspondiente en Santander.

El amor a la Historia y, dentro de ella, a la genealogía, hicieron de él un destacado experto en derecho nobiliario y nobleza montañesa. Fue diplomado en Genealogía, Heráldica y Derecho Nobiliario por el Instituto Luis de Salazar y Castro, (Consejo Superior de Investigaciones Científicas). Ingresó, como correspondiente, en la Real Academias de la Historia y en la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía, asociada al Instituto de España. Fue miembro de honor de la Institución de Cultura de Cantabria y numerario del Centro de Estudios Montañeses.

La nobleza de sus linajes los probó en el Real Cuerpo Colegiado de la Nobleza de Madrid. También perteneció a la Real Hermandad de Infanzones de Illescas y a la Real Hermandad de Caballeros de San Fernando de Sevilla.

Pero sobre todo, Mario fue una bellísima persona y un gran señor. Jamás le oí hablar mal de nadie, aunque tuviese motivos para ellos, lo que posee un mayor mérito en el mundo que se desenvolvía, donde abundaban los caballeros sobre títulos o diplomas, pero pocos señores en el trato, en el saber estar y en la práctica habitual.

Descanse en paz tan buen caballero y amigo.

Por Fernando de Artacho y Pérez-Blázquez.