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La imagen literaria de Fernando III el Santo, espejo de caballeros

FERNANDO III EL SANTO:
CICLO DE CONFERENCIAS EN EL 350 ANIVERSARIO DE SU CANONIZACIÓN.
Sevilla, 23 de noviembre de 2021.
Por el Ilmo. Sr. Dr. D. Miguel Cruz Giráldez,
Vicepresidente de la Academia Andaluza de la Historia

 

Excmo. Sr. Presidente de la Academia y Hermano Mayor, Ilmos. Sres. Académicos, Caballeros y Damas de San Fernando, Sras. y Sres.

Se cumple este año de 2021 el 350 aniversario de la canonización del Rey Fernando III de Castilla y León, una feliz ocasión que bien nos permite una revisión histórica de su excepcional figura. San Fernando (1199-1252) es, sin hipérbole, el español más ilustre de uno de los siglos cenitales de la Edad Media europea, el XIII, y una de las personalidades máximas de toda nuestra historia política. Es además uno de esos grandes modelos humanos que conjugan en alto grado la piedad, la prudencia y el heroísmo; uno de los injertos más afortunados, por así decirlo, de los dones y las virtudes sobrenaturales en las virtudes y dones humanos.

A diferencia de su primo carnal San Luis IX de Francia, Fernando III no conoció la derrota ni casi el fracaso. Triunfó en todas las empresas que abordó, interiores y exteriores. Dios llevó a los dos parientes a la santidad por opuestos caminos humanos: a uno bajo el signo del triunfo terreno y al otro bajo el de la desventura y los sinsabores.

Fernando III unió definitivamente las coronas de Castilla y de León, Reconquistó casi toda Andalucía y Murcia. Los asedios de Córdoba, Jaén y Sevilla y el asalto de otras muchas plazas menores tuvieron grandeza épica. El Rey moro de Granada se hizo vasallo suyo. Una primera expedición castellana entró en África, y nuestro Rey murió justo cuando planeaba el paso definitivo del Estrecho. Abordó también la construcción de nuestras mejores catedrales (Burgos y Toledo ciertamente; y tal vez León, cuyas obras se iniciaron durante su reinado). Apaciguó sus estados y administró justicia ejemplar en ellos. Fue tolerante con los judíos y muy riguroso con los apóstatas y los falsos conversos. Impulsó la ciencia y consolidó las nacientes Universidades. Él creó la Marina de Guerra de Castilla. Protegió a las incipientes órdenes mendicantes de franciscanos y dominicos y cuidó de la honestidad y piedad de sus soldados. Preparó además la codificación de nuestro Derecho e instauró la lengua castellana como lengua oficial de las leyes y documentos públicos, en sustitución del latín. Parece cada vez más claro históricamente que el florecimiento jurídico, literario y musical de la corte de Alfonso X El Sabio es fruto del esplendor de la de su padre. Pobló y colonizó concienzudamente los terrenos conquistados. Instituyó en germen los futuros Consejos del Reino al designar un colegio de varones doctos y prudentes para que lo asesoraran; y otorgó fueros y concejos a las ciudades que había conquistado, asimilándolas así al ordenamiento jurídico de las urbes castellanas.

La toma de Sevilla es uno de los acontecimientos más notables de toda la Reconquista, como reconocen los historiadores. Las campañas dirigidas por Fernando III lograron ganar para los cristianos el corazón mismo de Al-Andalus y reincorporarlo, devolverlo, al mundo occidental. Los resultados de estas campañas fueron la toma de Córdoba en 1236, de Jaén en 1246 y, sobre todo, la de Sevilla en 1248. La Primera Crónica General de España se hace eco jubiloso de este hecho.

Cuando los ejércitos del Santo Rey entraron en Sevilla el día 23 de noviembre, festividad de San Clemente, tras un largo asedio y una lucha que demostró definitivamente el desconcierto y la incapacidad militar que los musulmanes sevillanos venían arrastrando ya desde años antes de las campañas de Fernando III, las huestes cristianas no pudieron reprimir su admiración ante la grandeza de la ciudad recién conquistada. No en vano fue Sevilla una de las ciudades más sentidamente alabadas por escritores musulmanes y cristianos.

La Primera Crónica General se extiende en pormenores a la hora de relatar las campañas de la conquista con tan jubiloso resultado para toda la Cristiandad, y describe con admiración los “apostamientos de las noblezas della”. Nunca los cristianos habían visto ni poseído nada semejante, y por eso les sorprendió tanto la ciudad, con su hermosa torre mayor y su trazado de largas y estrechas calles blancas, que formaban un laberinto intrincado de vías confluyentes, el prototipo de civilización urbana de una de las más florecientes ciudades de Al-Andalus.

Cuando entró en Sevilla, el Rey San Fernando se comportó de un modo caballeroso con los vencidos, dándoles tiempo para marchar con los bienes que pudieran llevar consigo y respetando sus vidas, cumpliendo lo pactado con Ajataf, que le entregó las llaves de la ciudad, en las que estaba grabada la leyenda “Dios abrirá. Rey entrará”. No en vano Fernando III había sido armado caballero en el monasterio burgalense de las Huelgas en 1219.

Hombre muy de su tiempo, el Santo Rey sintió profundamente el ideal caballeresco, síntesis medieval, y por ello plenamente europea, de todas las virtudes cristianas y las virtudes civiles. Tres días antes de su boda, el 27 de noviembre de 1219, después de velar durante una noche las armas en las Huelgas, se armó por su propia mano caballero, ciñéndose la espada que tantas fatigas y gloria le había de dar. Solo Dios sabe lo que aquel novicio caballero oró y meditó en vigilia tan memorable, cuando se preparaba al matrimonio con un género de profesión o estado que hoy tantos prosaicos hombres modernos desdeñan sin haberlo entendido. Años después habría de armar también caballeros por si mismo a sus hijos, quizás durante el desarrollo de las campañas del Sur. Mas sabemos que se negó a hacerlo con alguno de los hombres más poderosos de su reino, por considerarlo indigno de tan honrosa y exigente investidura.

San Fernando guardó siempre los votos de la Orden de Caballerería: los pactos y palabras convenidos con sus adversarios los caudillos moros, aun frente a las razones posteriores de conveniencia política nacional; en este sentido es la antítesis caballeresca del “príncipe” de Maquiavelo. Fue un hábil diplomático a la vez que incansable impulsor de la Reconquista. Solo amó la guerra bajo la razón de cruzada cristiana y de legítima rehabilitación nacional, y cumplió su firme resolución de jamás cruzar las armas con otros príncipes cristianos, agotando en ello la paciencia y la negociación.

En la cumbre de la autoridad y el prestigio atendió de manera constante, con una ternura filial, reiteradamente expresada en los diplomas oficiales, los sabios consejos de su madre, la excepcional Doña Berenguela. Dominó a los señores levantiscos; perdonó benignamente a los nobles que vencidos se le sometieron y honró con mucha largueza a los fieles caudillos de sus campañas. Engrandeció el culto y la vida monástica, pero exigió la debida cooperación económica de las manos muertas eclesiásticas y feudales. Robusteció la vida municipal y redujo las contribuciones económicas que necesitaban sus empresas de guerra. En tiempos de costumbres licenciosas y de desafueros, Fernando III dio un altísimo ejemplo de pureza de vida y sacrificio personal, ganando ante sus hijos, prelados, nobles y pueblo fama unánime de santo, ratificada siglos después por su canonización por Su Santidad el Papa Clemente X en 1671.

Más aún. Sabemos que arrebató igualmente el corazón de sus mismos enemigos, hasta el extremo inconcebible de lograr que algunos príncipes y Reyes moros abrazaran por su gran ejemplo la fe cristiana. “Nada parecido hemos leído de los Reyes anteriores”, dice la crónica contemporánea del Tudense hablando de la honestidad de sus costumbres. “Era un hombre dulce con un gran sentido político”, confiesa Al Himyari, un historiador musulmán adversario suyo. A sus exequias asistió el Rey moro de Granada con cien nobles que portaban antorchas encendidas. Su fama de santidad se extendió muy pronto. Su nieto el príncipe Don Juan Manuel lo designaba ya en El Conde Lucanor, enxemplo 41, como “el santo et bienaventurado Rey Don Fernando”. Y en su sepulcro en la Capilla Real de la Catedral de Sevilla, el epitafio, que en cuatro lenguas (castellano, latín, árabe y hebreo) recuerda a perpetuidad la gesta del Santo Rey, declara textualmente que conquistó Sevilla, “que es cabeça de toda España”. Tal era la importancia que se le daba a la ciudad reincorporada a la fe de Cristo.

Muy pronto, pues, San Fernando entró de lleno en las crónicas históricas y en la literatura, y lo hizo precisamente de la mano de la conquista de Sevilla, considerada por él mismo como su principal hazaña militar. Esto lo convirtió en espejo de caballeros, en un héroe equiparable a los referentes clásicos. Todo ello vino a crear una figura ejemplar y modélica, que tendrá una presencia notable en la literatura posterior.

Tras la historiografía medieval, el siglo XVI verá el florecimiento de las crónicas particulares de Fernando III, bellamente editadas, que comienzan a publicarse en 1516: Crónica del Santo Rey Don Fernando III que ganó a Sevilla e a toda la Andalucía, la Crónica del Santo Rey Don Fernando, de Diego López, etc. En ellas la historia del Santo Rey (que ya era nombrado así), está íntimamente enlazada al hecho de armas considerado como más relevante de su reinado: la conquista de Sevilla, y así se hace constar en el título de estas obras.

Y lógicamente el Santo Rey se convertiría también en personaje literario.

En sus distintos géneros, la literatura acogió el tema de San Fernando y la toma de Sevilla. El asunto se presentaba con enormes posibilidades en este orden, y así lo demostró la copiosa literatura que sobre este particular se escribió desde la misma Edad Media hasta la época contemporánea.

Las primeras manifestaciones aparecerán en el Romancero. Menéndez Pidal, con su indiscutible autoridad en la materia, ha señalado que los más antiguos romances juglarescos de carácter noticioso aparecen a finales del siglo XIII y cantan precisamente un tema fernandino. Según él, el inicio de un romance sobre la muerte de Fernando IV El Emplazado, ocurrida en 1312, pertenece en realidad a un romance sobre Fernando III, aprovechado por un juglar para otro poema posterior:

Válasme, Nuestra Señora,    cual dicen de la Ribera,

donde el buen Rey Don Fernando    tuvo la su cuarentena,

desde el Miércoles Corvillo    hasta el Jueves de la Cena;

que el Rey no hizo la barba    ni peinó la su cabeza,

una silla era su cama,    un canto por cabecera;

los cuarenta pobres comen    cada día de la su mesa,

de lo que a los pobres sobra    el Rey hace la su cena.

Gran ejemplo, pues, de austeridad cuaresmal cristiana y de caridad con los necesitados. Las virtudes del Santo Rey debieron cantarse muy pronto, a raíz de su muerte, cuando la santificación popular se llevó a cabo. Hay también testimonios de que la vida de Fernando III fue objeto muy pronto de relatos poéticos breves de estilo narrativo, como el del consejo del juglar

Paja para que el monarca no abandonase Sevilla a poco de conquistada. El autor del romance es sin duda un juglar sevillano, porque está bien enterado de los problemas que se suscitaron tras la reconquista de la gran ciudad. De esta forma, el tema fernandino se fue abriendo camino en la literatura desde sus más tempranos momentos, ya en la época inmediatamente posterior a la muerte del monarca.

En el siglo XVI, con el Renacimiento, se produce un viraje completo en su tratamiento. Con la revalorización del Romancero, algunos humanistas difunden bajo el molde del romance ciertos sucesos históricos autorizados por las Crónicas. Y es en ese momento cuando aparecen ciertos poemas centrados en algún episodio de la conquista de Sevilla, con preferencia por las hazañas de Garci Pérez de Vargas, uno de los más famosos capitanes de San Fernando. Estos romances nuevos estaban destinados a divulgar los conocimientos históricos, por las nuevas tendencias instructivas. En esta línea se inscriben los romances del sevillano Lorenzo de Sepúlveda, de una gran minuciosidad histórica.

Juan de la Cueva, buen conocedor del tema, dedica también un romance a un episodio de la conquista de Sevilla que apareció en su Coro Febeo de Romances Historiales. Su título es “Albahacén, Rey de Granada, niega el tributo y parias a Fernando III”, y narra la llegada del embajador granadino a las puertas de Sevilla, cercada ya por el ejército cristiano; el mensaje que trae es arrogante, pero el monarca castellano le contesta con mucho acierto y mesura.

El mismo Juan de la Cueva aborda también el asunto en su poema épico La Conquista de la Bética. Este género, acuñado en Italia por Tasso, tuvo un gran auge en la poesía culta de los Siglos de Oro, con la octava real como fórmula métrica expresiva. La épica culta hispana se decantó pronto por la narración de acontecimientos históricos, recientes y más alejados, y los poetas trataron de ajustarse en lo posible a la verdad. Los héroes más notables del mundo medieval produjeron una atracción especial, así como los hechos de la Reconquista, entre ellos la toma de Sevilla por Fernando III. La Hispálica de Luis de Belmonte Bermúdez es una buena muestra de ello. Se trata de un extenso poema épico dividido en tres libros en los que se narra la conquista de la capital andaluza con todos sus pormenores y con la obligada contribución retórica a los requisitos clasicistas del género.

En esta misma línea se sitúa el Fernando o Sevilla restaurada (1632) de Juan Antonio de Vera Figueroa, que sigue de cerca el modelo de Tasso. Es un largo poema épico dividido en veinte cantos. La originalidad en este caso estriba en que en lugar de la octava real endecasílaba, el poeta emplea la redondilla octosílaba como forma estrófica. Estas composiciones fueron muy cultivadas en los Siglos de Oro, aunque luego se escribirían otras más.

Y también el tema de la conquista de Sevilla por el Rey San Fernando tuvo un amplio desarrollo en el teatro. La comedia española, que pronto, en el siglo XVI, gustó de buscar sus asuntos en la historia nacional, recogería este motivo. Las primeras comedias sobre San Fernando se representaron (o se compusieron) a partir de la segunda mitad de esa centuria, cuando cuaja la nueva fórmula teatral que habría de llevar Lope de Vega a su pleno auge. Tal vez la primera fue La toma de Sevilla de Ambrosio de Morales, a la que siguieron muchas más, como la anónima Cerco y libertad de Sevilla por el Rey Don Fernando el Santo (1595); La Reina de los Reyes (1623) del autor sevillano Hipólito de Vergara, aunque se atribuyó durante un tiempo a Tirso de Molina, y que presenta la novedad de introducir la imagen de la Virgen de los Reyes en escena; El cerco de Sevilla de Luis de Belmonte; o La mejor luz de Sevilla, Nuestra Señora de los Reyes, del también sevillano Jerónimo de Guedeja.

Dentro de estas comedias se puede establecer dos grupos bien definidos: por un lado, aquellas cuyo tema central es el cerco y la toma de Sevilla, con una incidencia especial en los aspectos militares del asunto; y por otra parte, las que centran su tema en la leyenda mariana acerca de la imagen y apariciones de la Virgen de los Reyes. Hay, desde luego, abundantes líneas comunes en todas estas obras, sobre todo en lo que se refiere al contenido histórico del relato y los personajes principales, que proceden de las fuentes anteriores.

Por lo demás, estas comedias se atienen al modelo artístico consagrado por Lope de Vega: se estructuran en tres actos o jornadas, junto a la acción principal hay otra secundaria basada en una intriga amorosa, su métrica es esencialmente octosilábica y no falta la figura del donaire o gracioso, que pone el contrapunto jocoso a los momentos más serios de la obra.

El tema fernandino fue también tratado en los Siglos de Oro en poemas más cortos que no pertenecen a la épica culta, y que evidencian el auge de la devoción al Santo Rey, como quedó patente con motivo de las fiestas que se celebraron a raíz de su canonización. Ya antes Argote de Molina, en su Nobleza del Andaluzía, incluyó un “Elogio del Santo Rey Fernando III de este nombre”, que es la apología de las virtudes cristianas y heroicas del monarca, y en él se hace referencia a las campañas triunfales de la toma de Andalucía, extendiéndose más en la conquista de Sevilla. Y por esta misma época Fernando de Herrera hizo una Canción al Santo Rey Don Fernando, con motivo del traslado de sus restos a la nueva Capilla Real de la Catedral, el año 1579. El poema está escrito en estancias que tienen la particularidad de que solo emplean un heptasílabo en el centro de cada una, lo que le da un tono grave y solemne a la composición, donde se elogian las virtudes del Rey, realzándolas al máximo, en un lenguaje altamente poético, lleno de cultismos y alusiones mitológicas.

Y también la prosa erudita abordó el tema fernandino. El Padre Juan de Pineda, en su Memorial de la santidad y virtudes del Rey Don Fernando (1627), ofrece además en los preliminares una extensa bibliografía de todas las obras que se ocupan de San Fernando y la toma de Sevilla; allí alude a los textos literarios medievales (Laberinto de Fortuna de Juan de Mena) y modernos (Los doce triunfos de los doce apóstoles de Juan de Padilla, el Cartujano). Y Ortiz de Zúñiga, en sus célebres Anales (1677), una magna obra en la que recoge sus principales memorias desde 1246 hasta 1671, nos habla también de San Fernando y su heroica conquista de Sevilla. Riguroso historiador y genealogista, Ortiz de Zúñiga destaca por su visión moderna del trabajo historiográfico, que demuestra en su afán por realizar su labor a base de la consulta de documentos auténticos. Para ello tuvo que efectuar acribadas indagaciones en los archivos y notarías de la época. Una actitud que lo acerca a los investigadores actuales.

A partir de aquí entramos ya en las visiones literarias más actuales. El siglo XVIII, con su afán laicista e ilustrado, poco nos dejó en relación al tema que nos ocupa. No obstante, el interés por San Fernando y por la conquista de Sevilla siguió vivo en la literatura popular, como evidencia muy bien el romance anónimo titulado La toma de Sevilla por el Santo Rey Don Fernando. Pero con la llegada del Romanticismo el tema rebrotará de una forma espléndida en los distintos géneros. El interés de los románticos por el pasado cristalizará en una recuperación de las tradiciones antiguas y del romance, como forma expresiva netamente popular. El historicismo de esta época dará nuevo auge al tema fernandino por excelencia: la conquista de Sevilla. Así lo vemos en el largo romance Ajataf. Último Rey de Sevilla, subtitulado “Leyenda tradicional”, de José María Gutiérrez de Alba, que es una versión del tema desde el punto de vista de los derrotados musulmanes, un enfoque muy propio del orientalismo romántico. En su huida del mundo prosaico de Occidente, el romántico encuentra en Oriente, y en general en los lugares exóticos, un estímulo para su imaginación. El también sevillano Manuel Cano y Cueto escribió otro extenso romance, La leyenda de Orías, incluida en su libro Tradiciones sevillanas, que trata igualmente sobre la conquista de Sevilla. Y Francisco Luis de Retes compuso el poema épico La Hispálida.

El Romanticismo fue pródigo en el rescate y recreación de las leyendas y tradiciones populares. Las Poéticas del siglo XVIII, apoyadas en la razón y la doctrina clásica, habían cargado el acento en el carácter individual de la creación literaria. El Romanticismo, por el contrario, creerá que el pueblo es una especie de creador colectivo, capaz de grandes obras del espíritu. Lo popular, lo autóctono, es ya un valor por el mero hecho de pertenecer a la colectividad. Se pusieron de moda los estudios sobre el folclore y sobre las costumbres de los pueblos. La gente gozaba con la lectura de los relatos costumbristas. La crítica se interesó por la antigua literatura popular (épica medieval española, Romancero), precisamente por lo que tenía de anónima y de expresión de los grandes ideales de la colectividad. Y lo mismo pasó con nuestro teatro de los Siglos de Oro, que se revalorizó y llegó a ponerse de moda en toda Europa.

El Romanticismo fue un movimiento marcadamente historicista, y con él nace esa disciplina que llamamos Filosofía de la Historia. La literatura y el arte vuelven los ojos a la Edad Media, época escasamente apreciada por los ilustrados. El pasado atrajo a los escritores románticos, pues la distancia en el tiempo y el desconocimiento que había de aquellos siglos los envolvían en un encanto misterioso. En España, el interés por la Edad Media fue sin duda superior a cualquier otra época del pasado. De ella recogió motivos y personajes muy diversos: los Reyes godos, el esplendor del mundo árabe de la Península, héroes de la epopeya castellana, etc. Antiguos Reyes, como Fernando III o Pedro I, se hicieron muy populares gracias a la literatura. Lo mismo sucedió con determinados episodios del pasado, como la toma de Sevilla. Gustavo Adolfo Bécquer ambienta en ella La promesa, una de sus leyendas más célebres y cuya acción transcurre en buena parte en los alrededores de Sevilla, en el campamento real (cuyas tiendas, pendones y escudos se describen con detalle) durante los preparativos de la conquista de la ciudad por San Fernando en 1248. En este marco resultará natural la atención del autor a la Heráldica, que despliega su colorido fascinante en contraste con los tonos grises del presente cotidiano. La leyenda comienza relatando que la joven Margarita llora porque Pedro, su enamorado, debía marchar a la guerra para ganar Sevilla a los moros; y mediante palabra de matrimonio se entrega a él, que le dice que cuando regrese de la campaña se casará con ella, pero que debe marchar ahora al combate, pues como escudero del Conde de Gómara, ha de partir con su señor. Al día siguiente, Margarita acudirá a ver partir la vistosa comitiva y la joven, tras reconocer a Pedro, que no es escudero, sino el propio Conde que le ha mentido, cae desmayada de la impresión. Su hermano la matará por suponer que ella ha deshonrado a la familia y, mientras tanto, el Conde percibe unas señales sobrenaturales que lo protegen de los peligros en el combate. Y todo para acabar sabiendo la verdad a través del romance que canta un juglar, volver luego a Gómara y desposarse con el cadáver de Margarita, cuya mano, que sobresalía de su sepultura desde que fuera enterrada, se hundió en la fosa después de celebrados en el mismo cementerio los esponsales que le había prometido.

Los escritores románticos del siglo XIX vuelven a escribir sobre viejas leyendas, algunas ya tratadas en la literatura anterior. Este es el caso de la Virgen de Valme. Se trata de una tradición relacionada con la conquista de Sevilla. Viendo el Santo Rey la dificultad de tomar la ciudad y el desánimo de sus tropas, invocó en el campamento del cerro de Cuarto, en la actual Bellavista, a una imagen de María que llevaba consigo: “¡Váleme, Señora, que si te dignas hacerlo, en este lugar te labraré una capilla, en la que daré como ofrenda el pendón que a los enemigos conquiste!” Esta historia (que ya había recogido Ortiz de Zúñiga) la recrea Fernán Caballero en su novela La familia de Alvareda. La tradición dice también que al clavar su espada en el suelo el Maestre de Santiago, Pelay Correa, brotó un manantial (la Fuente del Rey) que sirvió para calmar la sed de los cristianos.

Pero la modalidad narrativa romántica por excelencia es sin duda la novela histórica. Su auge se explica por el interés romántico por el pasado, especialmente la Edad Media. Casi todas las novelas de este tipo que se escriben en España recibieron la influencia del escritor inglés Walter Scott. Larra (El doncel de Don Enrique El Doliente) y Espronceda (Sancho Saldaña o El castellano de Cuellar) se cuentan entre nuestros escritores de novelas históricas, pero la creación más célebre es El Señor de Bembibre de Enrique Gil y Carrasco, que trata de la Orden del Temple en la Edad Media española. Pues bien, este subgénero de la novela histórica se interesó, naturalmente, por el tema fernandino; la obra del escritor sanluqueño Luis de Eguílaz La espada de San Fernando es una buena muestra de ello. En la novela se cruzan dos historias, una puramente bélica y la otra de asunto amoroso. Garci Pérez, ayudado de su fiel Fortún, bufón o loco, rescata, después de una batalla, a Doña Elvira. El amor surgirá entre ambos, aunque no se revelarán mutuamente su identidad. Para ponerla a salvo de los moros, la llevarán a casa de Agatín. Ella queda allí y los dos hombres se van. Coincide que mientras ellos marchan, llegará a la fonda de Agatín Guzmán, enemigo de los Vargas, con sus soldados. Se llevan a Doña Elvira con engaños y cuelgan de una soga a Agatín. Garci Pérez, su hermano Don Diego y Fortún deciden continuar con la conquista de Sevilla. Así pues, ficción amorosa entretejida con el fondo histórico, como es habitual en este tipo de obras.

Y llegamos así al siglo XX. En general, las tendencias de la literatura contemporánea no favorecen el tratamiento de temas historicistas. El auge de las vanguardias, la eclosión del subjetivismo y las corrientes que buscan la experimentación han orientado la creación literaria en otras direcciones bien distintas.

Sin embargo, a mediados del novecientos, se produce una vuelta a los modos y los temas clásicos, que en el caso de Sevilla coincide con los actos del VII Centenario de la Conquista en 1948. En esta coyuntura se sitúan dos obras de Rafael Laffón dedicadas a exaltar esta gran hazaña: Cantar del Santo Rey (1948) y Romances del Santo Rey (1951).

El primero es un extenso canto épico, al estilo de los poemas narrativos de la Edad Media, en el que el autor rememora la vida y gestas de Fernando III, desde su nacimiento hasta su muerte. En forma de versos alejandrinos blancos, se ensalza la figura del Rey Santo, que gobernará sus reinos desde Sevilla:

La espada en una mano y en la otra mano un mundo,

a la faz de Sevilla Don Fernando el Tercero,

por santidad y gloria Primer Sol es de España.

En íntima conexión con este Cantar se hallan los Romances del Santo Rey. Laffón insiste de nuevo en el tema fernandino y en estos once poemas demuestra una vez más su afición a las formas tradicionales y su maestría en el hábil manejo de los metros. Evidentemente, el poeta ha sido cautivado por el encanto de esta forma. Los Romances del Santo Rey jalonan también el tiempo vital de Fernando III, y encuentran su línea clave de ensamblaje en la conquista de Sevilla. La severidad del romance épico se complementa con la alegre expresión del romance lírico, cuajado de metáforas luminosas. Así aguarda Atataf las horas que quedan para la toma de la ciudad por San Fernando:

El Rey Moro las contaba

en el Alcázar Real.

Con los dedos cuenta el Moro,

no sale cuenta cabal.

Cuéntalas con Sol y Luna,

con alba y con lubricán.

La Sultana las contaba

con perlas de su collar.

En definitiva, el amor a su ciudad, presente en toda la obra laffoniana, es el que se plasma en estos dos libros. Precisamente se salvarán de la atonía general de las poesías de ocasión por el cariño con que trata el autor la gran figura de San Fernando, por el noble tono épico de su expresión y por su incuestionable calidad poética.

Y termino ya. Soy consciente de que he traído aquí solamente una breve muestra de la literatura sobre el tema fernandino, pero no he buscado agotar el asunto, sino solo ofrecer una muestra de cómo los poetas y escritores en general lo han tratado, desde la Edad Media hasta nuestros días.

 

BIBLIOGRAFÍA

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MIGUEL CRUZ GIRÁLDEZ

Miguel Cruz Giráldez (Sevilla, 1956) es Licenciado en Filosofía y Letras y Doctor en Filología Hispánica por la Universidad Hispalense. Es Catedrático de Lengua Castellana y Literatura del IES “Fernando de Herrera” de Sevilla desde 1978 y Profesor Asociado del Departamento de Literatura Española e Hispanoamericana de la Facultad de Filología de la Universidad de Sevilla desde 1989. En estos centros, así como en la sede de la UNED de Sevilla, donde ha sido Profesor Tutor entre 1985 y 2020, y en la Facultad de Ciencias de la Educación ejerce su docencia, que abarca tanto las materias de su especialidad como las que se dirigen también a la formación propia docente, una línea que inició en el ICE de la Universidad de Sevilla y que prosigue ahora en el actual Máster para la Formación del Profesorado.

Su actividad investigadora se ha centrado preferentemente en los temas y problemas de la literatura española contemporánea, ámbito en el que se sitúan sus principales libros, sobre todo Vida y poesía de Rafael Laffón, su tesis doctoral, que es una importante contribución al mejor conocimiento de la poesía sevillana del grupo Mediodía y a una de sus más egregias figuras. Entre sus numerosos artículos y estudios de investigación literaria editados en relevantes revistas especializadas destacan documentados trabajos sobre  Galdós, Clarín, Antonio y Manuel Machado, Juan Ramón Jiménez, las Vanguardias, la Generación del 27, etc. Ha dirigido con éxito varias tesis doctorales y participa en diferentes Proyectos, Congresos y Reuniones de carácter científico sobre la Literatura Española. Forma parte del grupo investigador CEIRA. Entre sus líneas de investigación figuran también la Literatura y Sevilla y la Literatura y la Religiosidad Popular, así como las relaciones entre Literatura e Historia y Literatura y Medicina. A ellas ha contribuido asimismo con destacadas conferencias y publicaciones.

Por su labor investigadora ha obtenido importantes premios, como el Archivo Hispalense y el Ciudad de Sevilla, así como otros de la Caja de Ahorros San Fernando y de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras y de la Real Academia de Medicina de Sevilla, de la que es Académico Correspondiente. Igualmente es miembro de las Reales Academias de San Romualdo (de San Fernando), Luis Vélez de Guevara (de Écija), Academia de Letras y Artes de Portugal y Academia Portuguesa de Ex Libris; es Vicepresidente 1º de la Junta Promotora de la Academia Andaluza de la Historia y pertenece al Excmo. Ateneo de Sevilla, en cuya Junta Directiva ocupa actualmente el cargo de Vocal de Relaciones Institucionales.

Oficial Reservista Honorífico (con el empleo de Alférez del Ejército de Tierra), ha estado destinado como militar en el centro Regional del Instituto de Historia y Cultura Militar, adscrito al Museo Militar de Sevilla.